Érase que se era, en un país no demasiado lejano, un ufano estudiante que por su buen hacer y su pellizco de suerte fue seleccionado para el disfrute de una beca en sus meses de vacaciones.
-"¡Que suerte la mía!-exclamó entusiasmado el estudiante- así podré hacer y aprender algo de ciencia y de paso, conocer una posible salida al mundo laboral, que se aproxima fatidicamente".
Con esto pasó a convertirse en becario. Se decidió a contactar con varios proyectos para tantear sus posibilidades y ver cual sería su opción más adecuada. Entre los encargados de estos se encontraba la raposa, quien al conocer el perfil de nuestro becario se mostró encantada con el mismo y le colmó de buenas palabras, de halagos, de lisonjas,
-"Yo te acepto conmigo, no sigas buscando más cosas, quiero a gente tan buena y comprometida como tú"-
¡Maldita vanidad! La lengua viperina de la raposa había hecho mella en el becario, que se despreocupó de seguir tanteando proyectos y se centró en el resto de sus ocupaciones.
Y fueron pasando los días hasta el momento en que comenzaba la beca, y el becario se dirigió con paso decidido al lugar de trabajo de la raposa. ¡Cual sería su sorpresa cuando al entrar vio una ausencia total de orden, el caos sobre mesa sillas y estanterías en el despacho! La cosa empezaba regular, pero el optimismo del becario le echaba hacia delante. -"Seguro que el laboratorio es mejor..."-
Y llegó al laboratorio... su lugar de trabajo era una acumulación de cajas viejas de galletas y otros productos alimenticios llenas de matraces con Dios sabe qué productos, lleno de polvo y suciedad y con material del tiempo de Maricastaña... Nada de ausencia de caos. Los productos se acumulaban sin orden predefinido, armarios viejos llenos de botes, algunos oxidados, con productos pasados de fecha. La raposa, no sabemos si por cierta manía persecutoria, tenía énfasis por guardar todo para un posible uso futuro, que finalmente no se daba y que no hacía más que contribuir al desorden y al caos; cuentan que de las primeras tareas del becario fue ayudar a pasar los prodcutos desde una nevera averiada a otra nueva, la raposa al ver la nevera nueva no lo dudó e incluso guardó para más adelante las bolsas de plástico que envolvían las baldas de la nevera nueva...
Lo peor no había hecho sino empezar: el inexperto becario, de inmediato se vio desbordado por las numerosas tareas que debía realizar, se afanaba en intentar cumplir los requerimientos de la raposa, que por otra parte nunca estaba presente en el laboratorio, pero no tenía práctica ni destreza suficiente y ocurrió lo que tenía que ocurrir... Un accidente laboral, quemadura de segundo grado en la muñeca izquierda y la región interdigital de la mano derecha; la culpa: 2 rotavapores, 2 reacciones y la purificación de 40 gramos de producto por separación en columna de gel de sílice en cloroformo... ¡de forma simultánea! No cabía en cabeza semejante labor en manos de un becario recién llegado. El resultado: 4 días de baja laboral y unas pequeñas cicatrices, y la excusa de la raposa: -"No, es que cuando viniste el lunes y te lesionaste estabas muy rojito, habías estado tomando el sol durante el finde semana, ¿verdad?"-
El becario no lo podía creer, además de haberse lesionado por una intransigencia monumental, era él quien tenía la culpa...
Tras la baja continuó la rutina diaria en el laboratorio: a días trabajaba solo, la mayor parte del tiempo se veía superado por el trabajo y le estaba cogiendo una verdadera aversión a la química por culpa de la raposa, esto fue minando las ganas y la ilusión del becario que se iban disipando poco a poco entre vapores de éter y disoluciones saturadas de permanganato. A veces sentía ganas de abandonar, y sólo la ayuda inigualable y el apoyo continuo de su paciente compañera de fatigas en el laboratorio, a quien siempre estará profundamente agradecido, hizo que sacase fuerzas de donde no las había y llegase al tramo final de su aventura investigadora.
Final de disfrute de la beca y el becario volvió a ser el estudiante inicial con unas cuantas lecciones aprendidas para la vida, un curso intensivo en técnicas y manejo de material de laboratorio y algún que otro euro más en el bolsillo. Sin embargo, esta primera experiencia laboral no podrá olvidarla fácilmente. A pesar de ello, las ganas de salir al mundo laboral están volviendo a intensificarse...
Moraleja:
"Nunca te fies de unas palabras bonitas, pueden dar lugar a una lección dura de aprender"
Nota: a pesar de lo acontecido a nuestro becario, hubo compañeras que disfrutaron aprendiendo con dicha beca. La culpa no es de la ciencia. El problema fue con la elección de la raposa
lunes, 25 de enero de 2010
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Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarInquietante relato el de la raposa. Veo potencial para una novela en plan Stephen King...
ResponderEliminarPD: muy bueno el post!
Los genios no lloran, y los becarios tampoco!
ResponderEliminarMe ha gustado, Charlie!